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Historia

Ay, Mi Padre

Lima Perú
21 junio 2010

Este domingo se festeja una fecha especial: un día dedicado al hombre en su calidad de padre.. Aquí un enfoque ameno sobre el tema, aportando puntos de vista y testimonio personal.

Eneas Marrull con su padre Alfonso.

Eneas Marrull con su padre Alfonso.

El papel ideal del padre en la familia siempre es tema polémico porque de eso depende, inevitablemente, la buena o mala formación de los hijos El siquiatra Carlos Alberto Seguín aportó con autoridad una visión de tan importante tema, El Padre Perfecto se busca un padre que justamente NO SEA PATERNALISTA, en una de las últimas entrevistas sobre papá que le hiciera ROSA LUZ MIRANDA en la revista Caretas La perseverancia en la formación de los hijos, nos alertaba Seguín, “el machismo tiene sobre los hijos consecuencias psicológicas y sociales muy serias. Inclusive las mujeres de clase media me dicen "el hombre es de la calle doctor”. Aunque no comparto muchas cosas del llamado feminismo, creo que la mujer ha conquistado muchos derechos. Sin embargo, el ideal es que la pareja, los dos, hombre y mujer sean los que suman derechos y obligaciones.”
Leamos el siguiente ejemplo de Crónica Testimonial, humana, redactada en un original estilo tragicómico, muy original, publicada en la revista «Caretas» en un suplemento que edité, con motivo del Día del Padre
Ay, Mi Padre
(Crónica desventurada de un cronista aventurero)
Escribe ENEAS MARRULL
Yo suelo quedarme muy asombrado cuando encuentro muchachos y chicas que dicen muy sueltos de huesos que sus padres jamás les pegaron porque, que yo recuerde, mi padre jamás dejó de pegarme.
La primera tanda que recibí se pierde en la noche de los tiempos. Y probablemente fue por alguna inocente travesura que cometí cuando todavía gateaba y solía mirar por debajo de la falda a una tal señorita Hortensia.
Pero la primera cueriza, que todavía me duele, fue cuando me puse a escribir unos versos al estilo de Bécquer. Mi padre, un auténtico héroe civil en la lucha contra el infortunio, pertenecía a esa nefasta raza de hombres nacidos para trabajar hasta el sacrificio, y no contento con eso pretendía hacernos herederos de esa obsesión diabólica. Como es fácil deducir temió que me dedicara a poeta (lo cual en su diccionario era sinónimo de ocioso) y decidió liberarme de la seducción de las aladas musas a trompada limpia. Así, de esta expeditiva manera, la lengua castellana perdió tal vez a uno de sus más preclaros vates.
Otra golpiza, que tuvo los efectos de un terremoto devastador, ocurrió cuando -infeliz de mí!- le comuniqué entusiasmado que me había matriculado en una academia de teatro. Una soberana paliza me convenció, con argumentos sólidos y contundentes, que no había nacido para los aplausos del público culto y exigente.
Otra zurra feroz me acometió como un huracán endemoniado cuando tenté el género epistolar, estimulado por las turbulencias románticas de mi febril adolescencia. La apasionada carta, escrita en una noche de insomnio y de suspiros cayó en manos del enemigo por la vil traición de un primo rival que, ¡gracias a Dios!, aún escribe con faltas de ortografía. El hecho es que subí contrito y cabizbajo al cadalso a recibir la pena máxima: cuarentaitantos latigazos que me hicieron hervir la sangre no precisamente de pasión. En el Código Penal de mi padre estaba claramente estipulado que mis catorce años no eran edad suficiente para aventurarme en los lances de Cupido. Y, aunque esa vez Marte venció a Venus, no fue para siempre. Pero la historia perdió un Casanova nato, cuyas aventuras hubieran sido la delicia de generaciones.
Y así, entre tanda y tanda, iba pasando la vida entre el terror y la zozobra, porque, por alguna falla cósmica, yo tenía la cabeza muy dura: no podía enmendar los errores que me hacían acreedor a esos contundentes premios en la desdichada rifa de mi necia fortuna.
Mi padre era, evidentemente de la escuela antigua. Alguna vez le oí decir que la letra con sangre entra. Quizá ese haya sido el motivo por el que aprendí a leer en un santiamén a muy temprana edad. Otro de sus postulados era la lacónica ley taliónica: «El que a hierro mata a hierro muere», que me aplicaba generalmente cuando pegaba a mis hermanos. Pero lo que realmente distinguía a mi padre de otros padres castigadores y severos era su exquisito sentido de la prevención del delito: a veces pegaba por adelantado, por lo que pudiera hacer cuando él se ausentaba.
Muchos años después de estos cataclismos, y contento de haber sobrevivido, veo en lontananza con cierta ternura lo que antes vi con terror: el estricto cumplimiento del deber de un padre aferrado a sus circunstancias y a su tiempo. Menos mal que no tengo hijos en quienes practicar esa rígida y efectiva disciplina felizmente en vías de extinción.
 

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